En el transcurso de la historia de la Humanidad, religión tras religión han ido copiando, asimilando y robando mitos y dogmas de otras anteriores. La razón es obvia: captar adeptos y feligreses. Una prueba física de ello es que los templos y santuarios se construyen sobre las ruinas de otros de religiones distintas. Por ejemplo, la Catedral de Córdoba se erigió encima de una mezquita que, a su vez, se construyó sobre una basílica construida sobre un templo paleocristiano levantado sobre otro romano. Con la festividad de la Navidad sucede lo mismo. Encontramos una celebración similar en la Babilonia de hace cuatro milenios (la reina viuda Semiramis concibió virgen a Tamuz, reencarnación del Sol). Incluso la tradición del árbol de Navidad tiene su origen babilónico (Semiramis vio cómo de un tronco muerto nació una rama verde simbolizando el resurgir de su esposo en su hijo Tamuz) y en la celebración de esta fiesta se adornaban árboles con frutas. Esta tradición se expandió con facilidad por otras culturas. Para los egipcios sería el mito del nacimiento de Horus de la virgen Isis. En la antigua Roma se celebraban, entre el 17 y 23 de diciembre, las Saturnales en honor a Saturno. En las Saturnales se festejaba el fin y comienzo de un nuevo periodo (solsticio de invierno). El 25 de diciembre celebraban el Nacimiento del Sol Invicto y de Apolo (que los cristianos asimilaron como el nacimiento de Cristo).
Recordemos que la fecha precisa del nacimiento de Jesús se desconoce y que los Evangelios no aportan datos suficientes. Si hacemos caso del Evangelio de Lucas, el nacimiento tuvo lugar en primavera o verano (esa noche los pastores cuidaban los rebaños a la intemperie con un cielo estrellado, situación imposible en invierno).